Adán: El Hombre que Condenó al Mundo

En nuestro primer estudio se analizó la creación de Adán, su estado de perfección y cómo Dios lo dotó con una naturaleza moralmente perfecta para que pudiera obedecerle; estudiamos su caída y cómo ésta nos afectó de inmediato haciendo recaer sobre nosotros todo el peso de la maldición de la ley. En los próximos párrafos deseo profundizar sobre la importancia de Adán como tu representante y cómo lo que ocurrió en él te ayuda a entender lo que Cristo hizo por ti.

Comencemos diciendo que la palabra “Adán” es una palabra hebrea; literalmente significa “hombre”, “humanidad. En los lugares en que leemos “Adán” los traductores la dejaron sin traducir juzgando que el escritor bíblico la estaba usando como un nombre propio para referirse al varón. El sustantivo “Adán” tiene un sentido colectivo. Esto quiere decir que describe a un número amplio de personas.

Examina con cuidado Génesis 1:26.27 y verás que esto es así: “Dios creó al hombre (Adán) varón y hembra”. Es decir, que en él estaban presente tanto el varón como la mujer. Lo que llama “Adán” no es tan solo el varón, incluye también a la mujer. Así lo establece Génesis 5:2: “varón y hembra los creó, y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán, el día en que fueron creados”. Eva es el nombre que el varón le da a su mujer, pero Dios le da el nombre Adán, lo que quiere decir que bajo este nombre los dos estaban incluidos. La humanidad llamada “Adán” era una unidad varón-hembra en donde uno era el complemento del otro.

Cuando la Biblia habla de Adán, y en especial Pablo, lo hace para explicar la presencia del pecado en el mundo y cómo su único acto de desobediencia ocasionó tan grande ruina sobre todo lo que Dios había creado. Los que nacen en este mundo nacen en Adán, es decir, participan de los efectos de él haberlos representado.

La Representación

Que Adán te representó significa que obró en tu lugar como si hubieses estado presente en aquella ocasión, que sus actos se los consideró como si fueran tus propios actos, y, como resultado, cuando le condenaron, tú también lo fuiste. Es esto lo que Pablo afirma en 1 Corintios 15:22: “En Adán todos mueren”. En 2 Corintios 5:14 declara este mismo principio cuando señala que si “uno murió, luego todos murieron.” Como puedes apreciar, la presencia del pecado y la muerte se debe a que Adán te representaba. Dios lo reconoció con la capacidad y el derecho de actuar en tu lugar; le dio esta responsabilidad, y por esta razón sus actos no eran los actos de un individuo aislado de los demás, sino los actos de todos nosotros.

En nuestra relaciones personales también usamos este principio. El presidente de los Estados Unidos representa a la nación, por lo que tiene la autoridad de colocarlos a todos en guerra con el sólo hecho de declararla. Todo cuanto hace es como si todos lo estuviéramos haciendo.

Otro ejemplo lo encontramos en las olimpiadas, cada nación tiene un equipo que le representa. La victoria o derrota del equipo determina la victoria o derrota del pueblo. Al ver a nuestro equipo perder, decimos: perdimos; cuando le vemos ganar, decimos: ganamos. En todo momento reconocemos que estamos participando representativamente en su victoria o derrota.

Veamos ahora algunos ejemplos de la Biblia que muestran que Dios se relaciona con nosotros sobre la base de la representación. 1 Samuel 17:8,9 registra la historia de David y Goliat. Una historia muy hermosa que revela lo que Dios puede hacer por medio de un simple hombre. Leemos:

1 Samuel 17:8-9 “Y se paró y dio voces a los escuadrones de Israel, diciéndoles: ¿Para qué os habéis puesto en orden de batalla” ¿No soy yo el filisteo, y vosotros los siervos de Saúl? Escoged de entre vosotros un hombre que venga contra mí. Si él pudiere pelear conmigo, y me venciere, nosotros seremos vuestros siervos; y si yo pudiere más que él, y lo venciere, vosotros seréis nuestros siervos y nos serviréis.

Es claro que en los días de David el principio de la representación no era una simple idea, era algo muy práctico. Las palabras de Goliat: “Escoged de entre vosotros un hombre que venga contra mí”, indican que eligió este principio para decidir su destino y el de la nación que representó. Lo que pedía era que en lugar de que todos se enfrentaran en la guerra, escogieran un hombre de los israelitas para que peleara con él y de esta manera decidir el futuro de ambas naciones. Es importante que aprecies que no todos pelearían, sólo dos hombres; Goliat de parte de los filisteos y David de parte de los israelitas.

David enfrentó a Goliat dándole la muerte y, al hacerlo, derrotó de igual manera a los filisteos. La derrota de Goliat fue la derrota de todo su pueblo. Los actos exclusivos de David dieron la victoria a Israel. Ninguno, sino David peleó en aquel día; con todo, en su representante Israel combatió al gigante y lo venció.

En los días de Jeremías Dios advierte a Israel que los castigaría por su pecado. Habían menospreciaron su ley y los había juzgado dignos de muerte. En estas circunstancias les propone que si encuentran un sólo hombre que haga justicia, que esté cumpliendo con lo que demanda, los perdonará (Jeremías 5:1). Nuevamente aquí el futuro de la nación descansa sobre los actos de un sólo hombre. Tristemente para la nación, buscaron en vano a tal hombre, pues no lo encontraron.

Esto te ayudará a entender lo que ocurió en Génesis, por qué el pecado existe en el mundo, y la razón por la cual la muerte está presente. Moisés nos dice que se debe a las acciones de Adán. Que Adán te representó lo muestran los resultados de su caída. Génesis puntualiza que al pecar ocurrieron tres cosas importantes que nos afectaron. Cuando el Señor encuentra a Adán pecador le priva de su perfección. Desde ese momento declara de todos los hombres que: “no hay justo ni aun uno” y que “su corazón es de continuo solamente al mal.” Esto evidencia que nacemos en el mundo condenados porque Dios nos consideró pecadores y por ser hallados en esta condición nos privó de la perfección moral. Por lo que se afirma que “por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores”.

Nuestro nacimiento natural ilustra lo que esto implica. Supongamos que hay dos familias, una de apellido Pérez, rica y de grandes empresas; la otra González, pobre económicamente. El apellido que lleves te identificará con la familia Pérez o la de González, determinando cual será tu posición económica. En el caso de Adán todos los hombres que nacen en este mundo tienen el apellido “pecador” que adquirieron de él. Este apellido les identifica con la suerte del primer hombre de modo que su destino es el infierno. Al pertenecer a esta familia condenada, heredan una naturaleza débil, degradada e imperfecta, al igual que el resto de las maldiciones pronunciadas sobre Adán.

Como te habrás dado cuenta, para condenarte lo único que necesitas es nacer bajo la representación de Adán. En otras palabras, todo el que viene al mundo ya viene con la marca de su condenación en la frente, trae el apellido “pecador” y es esto lo que le coloca bajo la sentencia de muerte. Con su caída Adán perdió su derecho a la vida y, en él, morimos todos nosotros. Así esta escrito: “Por tanto como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres” (Romanos 5:12). La muerte es otra de las evidencias que tenemos de que Adán nos representaba. Si una persona no es pecadora no puede morir, el hecho de que muchos niños mueren al nacer revela que la muerte tiene dominio sobre ellos a causa de contárseles como suyo el pecado de Adán. La Biblia atestigua que la paga del pecado es la muerte. Todo aquel que muere lo hace por motivo de que Dios lo tiene por pecador en su juicio.

Pablo aclara que “el juicio vino a causa de un sólo pecado para condenación” (Romanos 5:16 ). No enseña que son tus pecados personales los que te colocaron en esta condición; únicamente el pecado de uno sólo, esto es el de Adán. Un sólo pecado trajo la condenación del mundo. ¿Significa esto que nuestros pecados no tienen importancia y que no serán juzgados? Claro que no. En el día del juicio nuestras transgresiones no nos pueden hacer más culpables de lo que Adán nos hizo, no nos pueden mandar nuevamente al infierno, no obstante se nos castigará en proporcion a lo que hicimos. Jesús en una ocasión aseguró que recompensará a cada uno según sus obras. Alguno dirá que es un acto de injusticia el que Dios nos condene por las acciones de Adán, deseo que tengas paciencia y entenderás en el próximo estudio por qué ha obrado de esta manera.

Jesús mismo reconoció la realidad de nuestra condenación cuando dijo:

“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por El. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él” (Juan 3:16, 36)

Presta atención a las palabras de Jesús. Él no vino para condenar al mundo porque el mundo ya estaba en esta condición. Esto es lo que afirma con la expresión “la ira de Dios permanece sobre él.” Permanecer significa que continuas en el estado en la cual te encontrabas. Si dices, por ejemplo: “Pedro permanece en la casa”, estás asegurando que estaba antes en ella y que continua allí. Jesús está aseverando, entonces, que por causa de Adán se colocó al hombre bajo condenación y le estaba dando la oportunidad de librarse de ella creyendo en él. Sin Cristo todo el que nace en la historia del primer Adán nace para el infierno.

La última evidencia que presentaremos de que Adán nos representaba es la pérdida del Edén. El Edén era un símbolo, como estudiamos, de la presencia de Dios y su reino. Cuando Jehová creó al hombre lo hizo rey de esta creación; al pecar le privó de su privilegio y lo expulsa del Edén. El reino pasa a manos del diablo, y desde entonces todos los hombres nacen bajo su poderío. Cristo lo reconoció al dar por cierto que el diablo era el “príncipe de este mundo”; el mismo satanás lo alega, al tentar a Jesús en el desierto reclama que le entregaron todos los reinos.

El caos en que el mundo se encuentra, la decadencia de la naturaleza y la muerte de todo cuanto nos rodea son una señal de que nacimos en un mundo totalmente diferente al que Dios le dio a Adán. La pregunta que hacemos es: ¿por qué no estamos en el Edén, por qué no vivimos en un mundo perfecto? La única respuesta que hace sentido es que nos privaron de este privilegio en el instante en que Adán desobedeció. Únicamente seres que no han pecado pueden vivir en el Edén y si no estamos en él es porque desde antes de nacer nos consideraron pecadores. Y puesto que nada hicimos para merecerlo se concluye que se debe a aquel único acto de Adán en el Paraíso, el día en que comió de la fruta prohibida.

En resumen, el punto principal de nuestra discusión es que fue Adán, y sólo él, quien decidió el destino de todos los hombres mucho antes de que tú y yo naciéramos. En su fracaso, fracasamos todos; en su juicio nos juzgaron a todos y nos encontraron culpables, y a consecuencia de esto, estamos muriendo y esperamos la condenación final en el infierno.

Las buenas noticias son que Dios te dio una segunda oportunidad de ser restablecido a su favor. Y esto lo ha hecho levantando un Segundo Adán, otro Hombre que al tomar tu lugar logró rescatarte de tu miseria. Como está escrito: “porque así como por la desobediencia de uno los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de Uno los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19). Nota que nuestro texto dice “de la misma manera”, usando el mismo método, y éste es el método de la representación, uno actuando en lugar de muchos.

En el próximo estudio estaré hablando de cómo Dios levantó a Cristo como Segundo Adán para darte un nuevo apellido, una nueva herencia, haciendo posible un mejor y prospero futuro.

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